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martes, 3 de noviembre de 2009

¿Vivirías en un pueblo donde no se puede tomar alcohol?

Conozcan al pueblo de Franklin en Nueva York. De Etiqueta Negra tomo extractos de un interesante artículo El extraño caso de Franklin, el pueblo donde nadie puede beber alcohol, y eso es precisamente.

Franklin es un pueblo semiseco; es decir, uno donde la ley prohíbe que los vecinos beban en lugares públicos y donde cualquiera que lo haga puede terminar en la cárcel
Cuando los colonos llegaron al nuevo continente, tomaban como lo hacían en la vieja Gran Bretaña, es decir, mucho. Eran tiempos en que el alcohol puro se embotellaba a ochenta grados, y cuando cada ciudadano, en promedio, bebía veintisiete litros cada año. A comienzos del siglo XIX, las élites educadas de la naciente sociedad temían que tanta borrachera hiciera peligrar la convivencia y la república. De esta preocupación nacieron los movimientos por la temperancia como la Unión Cristiana de Mujeres por la Temperancia, que buscaban que la gente llevara una vida de cabezas despejadas.

Gracias a ellos, Franklin se volvió seco. A veces las Mujeres por la Temperancia se paraban horas afuera de las tabernas exigiendo que los hombres dejaran de tomar y se portaran decentemente.

La Prohibición, como se le llama a los casi quince años en que los Estados Unidos se convirtieron en un país seco, tiene mucho de clímax cinematográfico: Al Capone y su mafia hacían mucho dinero vendiendo alcohol de contrabando, mientras millones de personas caían empobrecidas por la crisis financiera mundial. Antes de que comenzara la prohibición, las iglesias protestantes se habían sumado a la batalla contra el alcohol. Los borrachos no podían ser fieles testigos de Dios.

En Franklin, el patrón se cumplió. Pero en 1933 el presidente Roosevelt repudió la prohibición en todo el país, y a partir de entonces, cada estado sería libre de vender, restringir o prohibir el consumo y venta de alcohol. Casi ochenta años después, las ciudades y pueblos de este país no terminan de adecuarse a los «nuevos tiempos». Hay diecisiete estados que no permiten que se cree pueblos secos; otros tres estados son secos por defecto (si alguna comunidad quiere vender alcohol tiene que decidirlo por votación electoral); y en treinta y tres estados las autoridades locales pueden decidir si prohibir la venta, posesión y consumo de alcohol. Nueva York es de estos últimos. Aquí cada pueblo decide su propia suerte y, en los últimos tiempos, Franklin ha estado debatiendo su suerte. De hecho, hace un tiempo el pueblo pasó de ser seco a semiseco. Es decir, se permite la venta de licores, aunque sólo se los puede beber en casa. Antes ni siquiera eso.

El turismo parece un concepto inútil en el pueblo. El Franklin Inn, el único hotel que ha tenido el pueblo, se incendió a fines de los años treinta, cinco años después del fin de la Prohibición. Nadie murió en el siniestro: ya no había clientes. Ahora, en ese lugar sólo hay una gasolinera. A un paso de ella, el Beehive es un pequeño restaurante que anuncia con un cartel que estará cerrado hasta la próxima primavera.

Aquí nadie socializa en torno a una botella. Conté a la gente durante cuarenta minutos de caminata: Tres. Una pareja que paseaba con prisa y un tipo que parecía volar detrás de sus dos apurados perros. ¿Por qué un pueblo seco lucía tan tranquilo? ¿Sin alcohol la gente es más aburrida? ¿Acaso el licor es más importante de lo que parece?

¿Se imaginan una Lima, un Santiago, un Buenos Aires o un Caracas sin alcohol y si quieres tomar un vino con los amigos debes manejar varias horas?. Felizmente yo no. Ahora, permiso, me voy a tomar una cervecita.

2 comentarios:

IvanBP dijo...

jajajaja no me imagino mi Piura sin alcohol, ¿con este calor?... siempre con moderación pero unas cebaditas son siempre bienvenidas

caja de pandora dijo...

sabes? practicamente no bebo, pero de repente me gusta una bayley con hielo, una cervecita danesa golden o pilsener, o quiza un vino dulce bien helado.....

ahora para el calor tomo cebada....cebada aunque si te puedo decir de un dia pluscuanperfecto en que atravezamos el desieerto de Ica, sedientos, cansados, cambiando llantas y nos recibieron con una cerveza bien heladita...eso si es gusto